
Eran inolvidables las fragantes mañanas que pasábamos en el campo, cuando jugábamos con mi prima a las escondidas entre los eucaliptos y nos mareaba el intenso perfume.
Al regresar a la casa necesitamos una buena dosis de energía. Habíamos corrido más de lo habitual;entonces preparamos deliciosas tazas de chocolate bien dulce.
Por la tarde, solíamos jugar con la imaginación.Viajábamos sin movernos del lugar para descubrir los sitios que soñábamos conocer.
Ella, mi prima, deseaba ver el mar alguna vez, bajo plateadas paredes, que según imaginaba, parecía sumergido en una violenta disputa con su poderío.Yo, por mi parte, pensé en el desierto y recorrí con mis manos la arena suave. Hice un hueco en ella y quedó prisionero en un espacio ovalado y húmedo.
Nos acostábamos temprano para poder divertirnos otro rato. La luna aparecía y se colaba entre nuestras risas.
Cuando extenuadas apoyamos las cabezas en la almohada, un sonido de trompeta llegó desde la ventana -¿Sería realmente el sonido de ese instrumento?-. O quizás fue el viento, metálico y grave, que atravesó la soledad del campo para llevarnos a conocer el mar y el desierto.